El regreso a Ítaca
El capítulo en el que volver no fue el paseo por el parque que me esperaba
Estoy lleno de contradicciones.
Por un lado, me encanta socializar, pasar tiempo de calidad con mi gente, hablar por teléfono sin mirar el reloj, alargar las sobremesas hasta que se junten con la siguiente comida.
Pero también adoro mi soledad. No solo la disfruto. La necesito.
Y así avanzo por la vida, saltando entre estos dos extremos, a menudo de forma muy drástica, hasta el punto de estar muy presente y, de golpe, desaparecer.
Los que me acompañáis en el camino sabéis muy bien a qué me refiero. No es una faceta mía fácil de encajar, sobre todo porque cuando estoy presente, estoy muy presente. Por eso sé que los que todavía seguís caminando a mi lado sois eternos. Nada podrá romper lo que hemos creado juntos, ni siquiera mis desapariciones repentinas.
Porque lo entendéis, sin necesidad de explicarlo. Así de bien me conocéis.
Y es que mi soledad es uno de mis tesoros. Me permite pasar tiempo conmigo, sin distracciones, sin ser necesariamente productivo. Cuando estoy solo, pienso mucho, sobre nada, sobre todo. Me siento en un banco y me imagino qué moverá los hilos de los caminantes sin camino. Busco señales y chispas, porque siempre hay chispas que nos encienden fuegos inesperados. Me dejo llevar por los recuerdos. Salto al océano de la nostalgia, me quedo a remojo y, cuando me sacio, salgo y me tumbo a secarme en el presente. También viajo al futuro, camino por senderos que no existen y que, seguramente, jamás lleguen a existir. Me da igual, los camino, los vivo, me dejo soñar. Porque eso es lo que más hago: soñar. Y sueño a lo kamikaze, sin límites, porque en mi soledad el único que puede ponerme límites soy yo mismo.
Luego las hostias son legendarias, pero ese es otro tema.
Claro que una soledad buscada no es lo mismo que una soledad impuesta.
Ya comentamos la carencia del inglés al hablar sobre amar. Pues en el castellano nos quedamos a medias al hablar sobre soledad, ganándonos los angloparlantes con su solitude para la soledad buscada y su loneliness para esa cárcel de la soledad impuesta.
Y es que llevo desde que volví a Madrid sintiéndome muy solo e incomprendido, intentando entender qué narices me está pasando, por qué dudo de cada una de mis decisiones vitales, a pesar de sentir en el fondo de mi pecho que puedo soltar los remos, que mi barca ya sabe adónde me quiere llevar.
Tuvo que aparecer Paula para recordarme que no estaba solo.
Soledad
¿Cómo explicar lo que no entiendes?
Los últimos coletazos de mi vida en Vancouver me estaban abofeteando. Había decidido irme. Tenía mi billete de ida, con los días deshojándose, las tareas pendientes apilándose y el vértigo creciendo, llenando todo mi espacio.
En ese escenario, con el otoño dando los últimos coletazos, salí a caminar con mi amigo Kam, con un café en vaso desechable y un nudo en la garganta.
Cruzarme con él fue uno de esos momentos de destino disfrazados de casualidad. En tiempo récord, se convirtió en uno de mis pilares fundamentales en Vancouver. Íbamos al gimnasio juntos, hacíamos los mismos chistes, nos apoyamos en nuestras mayores derrotas y celebramos cada victoria, por pequeña que fuera. Y juntos emprendíamos caminatas sin rumbo, entre litros de café y kilómetros de charla.
Pero aquel día de mediados de noviembre, algo había cambiado: había una fecha de caducidad en el horizonte. Y yo era el culpable. Yo puse esa fecha.
Un silencio de esos que aplastan nos orbitó los primeros minutos de nuestra caminata, hasta que Kam se agarró al socorrido qué tal estás. Me planteé si responder con la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, o si sería mejor tirar de eufemismos. Me lancé con toda la verdad, porque Kam se lo ganó, pero también porque necesitaba deshacer el puto nudo, así que dije que mal, que estaba triste, más triste de lo que la mayoría de días me permitía admitir.
Él frunció el gesto.
—Pero si eres tú el que ha decidido irte.
No te voy a engañar, no me esperaba esa respuesta. Tampoco ese tono ni esa mirada.
Intenté organizar mis ideas para explicarle que haberlo decidido no hacía más fácil irme, que seguía allí y que, al mismo tiempo, ya estaba echando de menos mis paseos por False Creek, mi butaca favorita en mi cine favorito, la biblioteca, con sus árboles en el noveno piso, las puestas de sol desde Sunset Beach, nuestro banco entre los árboles de Charleston Park, con el balanceo hipnótico de los veleros, con el puente de Grandville al fondo y con las montañas, eternas, flotando en el horizonte.
Pero cómo hacerlo, cómo explicarle que si fuera posible dividirme en dos, me habría quedado en Vancouver y, a la vez, habría vuelto a España. Y ya puestos, con una tercera división, me habría quedado también en Buenos Aires.
Pero dividirme nunca fue ni será una opción. Así que sí, decidí irme. Pero eso no quiere decir que quisiera irme.
También decidí no explicárselo a Kam.
No recuerdo cómo terminó ese paseo. Solo sé que el nudo se me enredó en la garganta y me acompañó hasta mi último día en Vancouver.
Un nudo que me traje a Madrid.
Tiene nombre
Conocí a Paula por la magia del algoritmo de Instagram.
Resultó ser también de Oviedo, con varios amigos en común. Pero no creo que ese fuera el motivo de que nos cruzáramos. De hecho, cuando decidí que ya era el momento de escribir esta caracola, intenté recordar cómo acabamos hablando sobre emigrar, después de muy poca interacción y sin habernos visto nunca en persona. Tal vez ella publicó algo que me llevó a preguntarle. O igual fue al revés. Supongo que no tiene mucha importancia frente a lo que pasó.
Paula se fue de Oviedo con 21 años, para vivir primero en Madrid y luego en Los Ángeles, con su brújula apuntado hacia sus sueños, lejos, al otro lado de toda la niebla. Después de su aventura norteamericana, decidió que había llegado el momento de volver a Oviedo.
En ese contexto, ella en Oviedo y yo con mi liana bien agarrada, le confesé cómo me estaba sintiendo.
—Eso es el síndrome de Ulises —me escribió.
Luego me lo explicaría y me contaría cómo estaba ella después de dejar la vida que había creado en Estados Unidos para volver a Asturias, más cerca de su familia y de sus amigos, sí, también más conocida, aunque más lejos de sus sueños. Todo eso disipó parte de mi soledad, pero la magia fue que no necesité nada de eso para sentirme escuchado y comprendido.
Tiene nombre, pensé. No me pasa solo a mí. Es «normal».
Y como si recordarme que no estoy solo no fuera suficiente, también me compartió una charla que grabó en Ibiza hablando sobre el síndrome de Ulises. Te la dejo aquí abajo; tanto si has emigrado como si has vuelto a tu Ítaca después de un tiempo fuera, son veinte minutos que no te dejarán indiferente:
—Eres como dos personas —dice Paula en el vídeo.
No te puedo describir el calor que sentí al escuchar esa frase. Después de sentirme tan incomprendido con Kam, esas cuatro palabras me desanudaron la garganta y me sacaron una sonrisa.
Luego, Paula añade que «tendemos a minimizar». Y pienso que tiene tanta razón, callándonos como nos callamos todo lo que se sale de lo común, quién sabe por qué. Lo he pensado mucho. Aún sigo pensándolo. En mi caso, por muy independiente que me considere, creo que lo hago por miedo a que mi gente me suelte. Porque vaya cómo duele que te suelten cuando estás convencido de que nunca pasará. Decides saltar, con la certeza de que esos brazos te sujetarán, y, cuando parece que vas a volar, empiezas a caer, con la mano revolviéndose en el vacío del asidero que nunca existió.
El problema de minimizar es que, lejos de desaparecer, se nos hace bola. Y aunque el diccionario diga que la vulnerabilidad es sinónimo de debilidad, la experiencia me dice que hace falta ser muy valiente y muy fuerte para mostrarse vulnerable frente a otro ser humano. Es un salto de fe enorme. Es desnudarse y que pase lo que pase. Así me siento cada vez que pongo los dedos sobre el teclado para escribirte mis caracolas. Con vértigo. Desnudo. Vulnerable.
Así me sentí cuando le conté a Paula cómo me sentía. Y ella me tendió la mano, me compartió su propia vulnerabilidad, y por supuesto que no fue la solución a todos nuestros problemas, pero la realidad pesó menos después de compartir.
En el vídeo, Paula recita una porción del poema Ítaca, del poeta griego Konstantínos Kaváfis —lo puedes leer entero aquí—, un poema que termina con un contundente: «Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Ítacas».
Supongo que todavía no he llegado a la sabiduría necesaria para entender el significado de mis Ítacas. Tal vez nunca llegue a entenderlo. Puede que la paz esté en la búsqueda eterna sin la obligación de llegar a ningún lugar concreto.
Todavía estoy lejos de esa paz. Pero también sé que cambiar de caracola va de eso. De buscar. De tropezar. De volverse a levantar. Y de seguir navegando, como en el poema de Kaváfis, con Ítaca siempre en tu mente, intentando disfrutar del viaje, dure lo que dure, cueste lo que cueste.
Ítaca, paciente como es, siempre nos esperará.
Posdata
Irse duele. Volver también.
Me ha dolido diferente cada vez que he emigrado y cada vez que he vuelto. Pero, entre todas las variables, siempre me acompaña la constante de esta frase del legendario Terry Pratchett:
«¿Para qué te marchas? Para poder volver. Para poder ver el lugar del que provienes con nuevos ojos y más colores. Y la gente también te ve distinta a ti. Volver al lugar donde empezaste no es lo mismo que no haberte ido nunca».
Este párrafo de Un sombrero de cielo contiene toda la esperanza que necesito para seguir caminando en los momentos más difíciles. Y esta vuelta a Madrid está siendo difícil de cojones. Me está costando adaptarme al ritmo frenético, al ruido, a los recuerdos olvidados.
No fue hasta finales de enero que, paseando por la Quinta de los Molinos, la frase de Terry Pratchett me invadió los pensamientos. Ahí estaba, rodeado de almendros desnudos, tan vulnerables como me sentía yo. Me paré entre ellos, respiré hondo, y sentí una certeza arrolladora:
Todo irá bien cuando florezcan los almendros.
¿Y sabes qué?
Ya han florecido.







«¿Para qué te marchas? Para poder volver. Para poder ver el lugar del que provienes con nuevos ojos y más colores. Y la gente también te ve distinta a ti. Volver al lugar donde empezaste no es lo mismo que no haberte ido nunca».
Vaya texto. No sé ni por dónde empezar a comentar y que le haga algo de justicia. No tenía ni idea del nombre del síndrome de Ulises, pero qué perfecto queda para algo que cuesta tanto explicar. Eso de haberlo decidido tú y que aun así duela, de querer irte y quedarte al mismo tiempo, de que la vuelta no sea un final sino otro tipo de desarraigo... Qué familiar me suena y, a la vez, no puedo ni imaginarme cómo será después de tanto tiempo fuera.
Al vivir fuera, creo que siempre llevamos muy dentro esa fractura: una parte de ti se queda en cada sitio que habitaste de verdad. Y volver no te devuelve entero, porque tú ya no eres la misma persona que se fue.
Aunque somos compañeros de tristeza estos últimos meses, espero de corazón quemuy pronto logremos hacer de Madrid una nueva caracola que sientas hogar.
¡Abrazo fuerte!
Vas y vienes, recorres, buscas, pruebas, te animas. Sales en tu barca o te aferras a tu liana, cada momento lo disfrutas y lo vives con mucha aventura.
Esta nueva etapa te traerá muchas cosas, no te desanimes, que lo mejor puede estar por llegar!